Los efectos de la “reconversión turística”: de Lloret de Mar a Magaluf

Neil Smith desarrolló la teoría del diferencial de renta con el objetivo de explicar la gentrificación, es decir, la sustitución de la clase trabajadora por las llamadas clases medias en un territorio determinado. Tal teoría capta la disparidad que se da entre los ingresos que se obtienen del arrendamiento y la venta del suelo y de las propiedades que se encuentran y los ingresos más provechosos que se podrían obtener si se introdujeran mejoras en el entorno construido. Aportaciones posteriores indican que la degradación de este entorno, y la consecuente merma de ingresos, contribuye con creces a un mayor diferencial de renta. Sólo a partir de este diferencial se puede llegar a estimular el interés de los inversores en la renovación de determinados puestos para aumentar las rentas y el valor del suelo y de las propiedades que se encuentran.

Una de las ventajas de esta teoría es que nos permite hablar de gentrificación más allá de los espacios urbanos que tradicionalmente han sido su objeto de estudio. El turismo no se escapa de la determinación económica que propone esta teoría, una determinación que también pasa por las mediaciones políticas y las prácticas sociales que hacen de este turismo la niña de los ojos del tejido empresarial de buena parte de la cuenca mediterránea, Países Catalanes incluidos. A pesar de las diferencias a causa de la ubicación geográfica y de la magnitud de la misma actividad, los casos de Lloret de Mar (Girona) y de Magaluf (Mallorca) presentan una serie de analogías extensibles al resto de costas y archipiélagos del estado Español.

Si bien el fenómeno turístico ya estaba presente antes de la Guerra Civil, una vez superada la autarquía de la posguerra inmediata, una especie de neoliberalismo subvencionado y protegido por el Estado ató las diferentes administraciones públicas franquistas a las élites locales (tanto las antiguo como las emergentes), proveyendo de unas condiciones financieras y políticas más que favorables para la entrada de inversores, entre ellos las touroperadores extranjeras. Era necesario propiciar la llegada desde la Europa septentrional de lo que se acabó conociendo como “turismo de masas”. Estas condiciones incluían la concentración de la propiedad, un suelo a buen precio, una libertad de acción para el capital inmobiliario, la falta de presión fiscal, la ausencia de control sobre las importaciones y exportaciones de divisas y una mano de obra barata y despojada de derechos laborales.

Gracias al desarrollo de sus políticas, estos destinos llegaron a representar el paradigma de la explotación turística e inmobiliaria del litoral de la Europa meridional. Pero a finales de los años ochenta del siglo pasado, el discurso de la pérdida de competitividad (lo que llaman “fase de madurez” de un destino turístico) se instaló entre los tecnócratas y gestores públicos, lo que empujó a asumir una urgente “reconversión turística”. Bajo el paraguas de este planteamiento se impulsaron políticas urbanísticas para evitar la obsolescencia turística y facilitar nuevamente la entrada de capital. La “reconversión” se convertiría en el contexto bajo el cual se articularía la mejora tanto de Lloret como de Magaluf, siendo el rejuvenecimiento, la renovación, la regeneración, la reforma, la reestructuración y la recalificación sus conceptos clave.

Una de las cuestiones fundamentales para obtener la complicidad de la población, ha sido la construcción mediática y política del turismo “low cost”, fundamentamentado en la denuncia de los patrones de consumo de turistas jóvenes ávidos de excesos de todo tipo y en todo momento . La continua estigmatización y subalternidad a la que han sido sometidos estos turistas, a menudo pertenecientes a las clases populares de sus países, sumadas al abandono por parte de la población “local” de los espacios urbanos de mayor concentración turística y a la amenaza constante del desempleo, no ha hecho más que fomentar la degradación en aras de una “emprendimiento” que incentiva la caza y captura del “turismo de calidad” como alternativa evidente a todos los males encontrados en la obsolescencia de estos destinos, obsolescencia que nos atrevemos a adjetivar como “programada”.

Así el sector logra vía libre para renovarse y producir nuevos escenarios garantes de un diferencial de renta suficientemente amplio para atraer nuevas hornadas de inversores inmobiliarios y turísticos. Algunos de los resultados ya son claramente visibles: se cierran caminos de ronda para uso privado, se recalifica suelo no urbanizable, se reducen los espacios de uso público, las instalaciones turísticas se consolidan en barrios residenciales, en el núcleo urbano aumentan las franquicias en detrimento del pequeño comercio, se incrementan vía regulación las viviendas de uso turístico, se intensifica la entrada de capital financiero en los hoteles, los mismos consumidores se convierten en copropietarios de plazas hoteleras reconvertidas en apartamentos (esparciendo riesgos a la vez que aumentando la “calidad” de los clientes), y se precarizan aún más las condiciones de vida de las trabajadoras.

Y es que a fin de embolsarse un mayor diferencial de renta, el “turismo de calidad” se presenta como la enésima apuesta para exprimir aún más gente y territorio, y así mantener la hegemonía del turismo sobre cualquier otra realidad.

Marc Morell y Sergi Yanes, publicado en la Directa (4/5/2016)