Turismofobia: cuando el turismo entra en la agenda de los movimientos sociales

Barcelona no está sola. Los movimientos políticos anti-turistas de Berlín, el alerta de las asociaciones vecinales en Lisboa, las concentraciones en las islas Baleares, el llamado síndrome de Venecia, la propuesta de zonas de trafico limitado de turistas en algunas ciudades italianas, la irritación con los turistas chinos en Hong Kong, Tailandia y Camboya y, por último, las protestas contra el aumento de los alquileres y la especulación entorno a los pisos turísticos en ciudades como New Orleans y Toronto, abren nuevos escenarios sobre lo que George Doxey en los años 70 definía como el índice de irritabilidad turística.

El turismo necesita seguridad para que tenga lugar. Bajo este presupuesto, los movimientos sociales podrían representar un fenómeno anti-turístico. En las últimas décadas, el fenómeno turístico y los movimientos sociales han convergido y producidos espacios de apropiación recíproca. Los movimientos, en su mayoría, estuvieron interesados en las luchas contra la precariedad laboral, los servicios sanitarios, la exclusión social y la elitización y privatización del sistema escolar y educativo. Sin embargo, en la actualidad, en determinados contextos urbanos éstos han acabado focalizando sus reivindicaciones sobre el turismo y su, a veces, excesiva presión sobre el tejido social local.

En los últimos años, los movimientos sociales y el turismo han empezado a tener una relación muy cercana. Por un lado, bajo ciertas circunstancias, los movimientos sociales han sido redefinidos y/o utilizados por la industria turística que se ha apropiado de sus luchas para mercantilizar lugares-testigo de movimientos socio-históricos importantes, convirtiéndolos en atractivos turísticos y, por otro lado, algunos de estos movimientos -sobre todo algunas ONGs- han fomentado directamente la movilidad turística.

Así, los mismos movimientos sociales y/o lugarestestigo de movimientos sociales han adquirido un valor estético y turístico. Algunos ejemplos pueden ser el Monumento Conmemorativo Nacional de Martin Luther King en Washington (EE.UU), el Museo de la Revolución en La Habana (Cuba), las rutas zapatistas y el turismo revolucionario en México o las hordas de curiosos turistas que presenciaban los acontecimientos durante el 15M en Plaza Catalunya (Barcelona) y el Puerta del Sol (Madrid) en el 2011. Por otra, los movimientos sociales han impulsado ciertas formas de turismo a través de aquello que se ha venido en denominar “nuevos turismos” o “turismo a la carta”, como el turismo voluntario y el turismo solidario. Desde la entrada del turismo en la agenda política de las ONGs, muchos proyectos de desarrollo han estado vinculados al fomento de la movilidad de turistas/voluntarios en países como Cuba, Brasil, Nicaragua, Palestina, Sahara Occidental, Grecia y Camboya entre otros. En paralelo, en las últimas décadas el turismo ha entrado con fuerza en la agenda de los movimientos sociales. Desde la década del 2000 hemos empezado a encontrar, en el ámbito del Estado español, las primeras publicaciones en periódicos y revistas divulgativas que alertaban de una relación que comenzaba a mostrarse como problemática. Ahora bien, a mediados de la década siguiente la situación ha acabado por extenderse a otros destinos turísticos –sobre todo urbanos-, de forma que los recientes acontecimientos en la ciudad de Barcelona nos ofrecen un espacio de reflexión y debate ideal sobre un fenómeno que cada día afecta a más aspectos de nuestra cotidianeidad.

En el año 2010, la revista Hosteltur publicó un estudio sobre la turismofobia que, si bien alertaba de esta creciente intolerancia a lo que Turn y Ash (1991) llamarían “hordas doradas de turistas”, también la presentaba como un riesgo y un obstáculo para el turismo corporativo y las nuevas oportunidades de negocio. El entonces Primer Teniente de Alcalde de la ciudad y concejal de Turismo, Jordi William Carnes, recordaba que: “el visitante pide lugares en buen estado de conservación, lo que implica un coste para la ciudad. Y al mismo tiempo la gente que vive allí también tiene que sentirse beneficiada por el turismo, en lugar de verlo como una incomodidad”. Esta orientación hacia las necesidades de los turistas y del mercado turístico barcelonés ha acabado llevando la situación a lo que Doxey llamaba la “fase de antagonismo”.

En Barcelona, la fundación del ABTS (Assemblea de Barris per un Turisme Sostenible), es un ejemplo emblemático de lo mencionado anteriormente: El turismo como referente de la agenda política y como eje principal de las reivindicaciones vecinales y de los movimientos sociales barceloneses. El 1er Fórum Vecinal sobre Turismo (critica, análisis y propuestas) celebrado durante los días 1 y 2 de julio de 2016, y organizado por la ABTS, ha abierto el debate sobre la presión turística y, específicamente, sobre algunas prácticas conflictivas centradas en el uso de la vivienda y el espacio público, las alternativas económicas a la industria turística y al conflictivo turismo y turistas de crucero.

¿Cómo se ha llegado a esto? ¿Acaso no era el turismo un pasaporte para el desarrollo, tal y como nos sugería Emmanuel de Kadt a finales de los ‘70? Este momento socio-histórico de intolerancia podría explicarse a nivel teórico desde varios puntos de vista. Las recientes publicaciones sobre estas temáticas, en diferentes contextos europeos e internacionales, abren un joven campo de investigación y de reflexión que va más allá del mero estudio sobre los impactos turísticos. Las resistencias ciudadanas contra la presión turística suponen un novedoso espacio de debate sobre un monocultivo turístico sembrado y cosechado por parte de los organismos públicos, y que afecta a los mismos turistas. Asimismo, nuevas reflexiones acerca de las incomodidades que el turismo ha generado con respecto al derecho a la vivienda, el encarecimiento del suelo y la masificación turística.

El lema “decrecimiento turístico”, que no tiene que ser entendido como sinónimo de decrecimiento económico, parece ofrecer soluciones alternativas al monocultivo sembrado en muchos destinos urbanos. Hablar de desestacionalización, deslocalización o descongestión han resultado estrategias poco eficaces y que no han resuelto el problema de raíz. El decrecimiento turístico, sinónimo de limitación de financiación pública al sector turístico y de regulación de las licencias hoteleras y de los pisos turísticos, impulsa nuevos escenario de análisis, debate y propuestas en busca de cierta sostenibilidad de las prácticas turísticas. Sin embargo, hablar de sostenibilidad turística o turismo sostenible podría resultar quimérico. El turismo siempre genera impactos, positivos o negativos dependiendo de las diferentes narrativas de los actores en cuestión. Al hablar de turismo sostenible podría resultar más realista y acertado usar términos como turismo de bajo impacto, esto es, considerar los efectos más inmediatos que dependen de prácticas concretas, minimizado aquellos considerados negativos. Esta nueva referencia resultaría más práctica, real y útil a la hora de poner en marcha acciones destinadas a reducir los efectos negativos del turismo.

De este modo, la apropiación del discurso turístico por parte de los movimientos sociales barceloneses abriría nuevas perspectivas de análisis sobre modelos alternativos. La capital catalana, así como otras ciudades turísticas, puede alimentarse de turismo sin tener que vivir para el turismo, y convertirse en ejemplo de una forma de pensar las ciudades como espacios tanto para los que las viven, como para quien las visiten. Así, este repensar la ciudad tendría que, obligatoriamente, evitar los desequilibrios entre unos turistas de primera y unos ciudadanos de segunda, algo que solo ocasionará rechazo contra la movilidad turística, de la misma forma que la xenofobia genera rechazo hacia la movilidad migratoria. Así, como nos sugiere Néstor García Canclini (2006), pretender huir de la conflictiva complejidad turística es tan ilusorio como imaginar resolver la cuestión de la migración levantando muros en las fronteras, o la inseguridad urbana atrincherándonos en barrios cerrados y blindando los coches. El reto está en pasar de la protesta a la propuesta. En este sentido, el pasado 1er Fórum Vecinal sobre Turismo de la ABTS abre nuevos escenarios de debate vecinales para proponer alternativas a la semilla turística sembrada hasta la fecha.

Claudio Milano, publicado en Marea Urbana, núm 1 (2017)

Ilustración: Kauê Oliveira

Foto: ABTS

 

Bibliografía

DOXEY, George (1975) “A causation theory of visitor-resident irritants, methodology and research inferences. The impact of tourism”. En Sixth Annual Conference of the Travel Research Association, San Diego, USA.
GARCÍA CANCLINI, Néstor (2005) “Turismo Cultural: Paranoicos vs. Utilitaristas” (La Vanguardia, 8 agosto 2005)
TURNER, Louis y ASH, John (1991) La horda dorada: el turismo internacional y la periferia del placer. Endymion, Madrid.

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