Malditas Masas

La industria del turismo está llamando a nuestras puertas. Es la industria de moda. […] ¡Ciudades-hoteles, naciones-hoteles. A eso conduce el desarrollo del turismo. En vez de ser las ciudades para sus ciudadanos serán para los forasteros.

La preocupación mostrada hace más de cien años por el periodista y crítico literario Eduardo Gómez de Baquero “Andrenio” (La Vanguardia, 2-X-1910) ante las primeras iniciativas turísticas en Barcelona, no parece haber envejecido ni un solo día. Lo que entonces era para muchos un presagio alarmista, hoy es una realidad incontestable. El gran artefacto de ingeniería urbana, cultural, política, tecnológica y económica que es el turismo, ha conseguido crecer gracias y a pesar de todo tipo de circunstancias históricas, presentándose, en palabras del antropólogo Antonio Miguel Nogués Pedregal, como otro de los nombres del poder.

El aumento mundial de la movilidad vinculada al ocio y al tiempo libre, cada vez menos dependiente del ámbito laboral y más de la renta disponible, ha conseguido superar algunas de las barreras del ya tradicional turismo litoral: la desestacionalización, o lo que es lo mismo, que el clima o los periodos vacacionales no determinen la llegada de turistas. El caso de Barcelona ha sido y es un ejemplo paradigmático de esto. La imperfección sistémica de la industria turística española se ha corregido y ahora hay turistas todo el año. Algunos dirán que esta situación no es nueva, que muchas otras ciudades hace tiempo que viven con (y del) turismo todo el año. “Esto no es nada comparado con…”. Otros dirán que el turismo no es ni bueno ni malo, que será lo uno o lo otro según cómo se regule y administre, que lo importante es tener un “buen plan”, un modelo de ciudad que sea capaz de encontrar el punto de equilibrio adecuado. Sea como sea, las lógicas del turismo han conseguido anteponer la especulación rentista sobre la economía productiva, lo que en la práctica ha hecho que el aumento de turistas en la ciudad haya venido acompañado por una intensificación de conflictos asociados al precio y uso de la vivienda, a la privatización y exclusivización del espacio público, a la precarización laboral o la masificación, entre otros.

Todo ello ha abierto la veda a un debate público más que necesario, un debate que durante muchas décadas se mantuvo vivo gracias a la lucha que organizaciones ecologistas y de defensa del territorio llevaron a cabo contra la destrucción del patrimonio litoral mediterráneo y gaditano, lugares donde el turismo hace casi medio siglo que es la principal industria. Ahora que ha entrado con fuerza en la ciudad, se abre un escenario diferente, tal vez no tan nuevo, pero sí de unas dimensiones y reverberaciones que se muestran ya implacables. El turismo y la llamada turistificación ocupan por fin un lugar en la agenda de los movimientos sociales y las organizaciones vecinales de carácter urbano. El presente texto pretende ser una sencilla y breve invitación a pensar uno de los ámbitos del conflicto, tal vez el más manido de todos: la masificación. Y para ello, trataré de exponer -asumiendo algunas generalizaciones- el modus operandi de los principales artilugios conceptuales que han servido para hablar de ella en el actual marco de discusión.

Retrocedamos un poco en el tiempo. Hasta que el turismo se convirtió en una fuerza económica de envergadura en la costa, pongamos que a mediados de los 60, el principal apelativo utilizado para englobar a los nuevos turistas de la clase trabajadora europea fue el de “turismo social”. El concepto “social” se refería aquí a “accesibilidad”, a la posibilidad de acceder a servicios de alojamiento y entretenimiento turísticos, algo anteriormente reservado a las clases burguesas. Si bien este concepto ahora es patrimonio de los programas de turismo del IMSERSO, entonces sirvió para agrupar a aquellas capas de la Europa septentrional poseedoras de un receso laboral y un salario vacacional. El “turismo social” definía tanto la entrada en el mercado turístico de este contingente de trabajadores como el papel del Estado en su promoción y subvención. En los relatos que en su momento se hicieron, fue considerado un turismo afable, prudente y curioso por el otro. Durante varios años el “turismo social” sirvió de avanzadilla para explorar las posibilidades futuras de un turismo a mayor escala.

Este no tardó mucho tiempo en llegar. A finales de los años 60, la existencia de turoperadoras extranjeras fuertemente capitalizadas e interesadas en invertir a precios de saldo, empresarios-propietarios expectantes por el periodo especulativo y un Estado altamente liberalizado, se convierten en los ingredientes perfectos para que el proceso inmobiliario del turismo irrumpa con toda su fuerza. La costa se llena de cemento, los lobbies se enriquecen y la crema solar aromatiza los últimos años de propaganda franquista. La receptividad que promueve la legislación española en relación a las inversiones extranjeras -el propio Ministerio de Hacienda ofrece garantías legales para atraer inversores foráneos- convierte las costas en un paraíso para inversores. El ya famoso boom abrirá una etapa de sobredimensión turística y urbana, incrementando exponencialmente el número de visitantes. Entre las transformaciones que conlleva este nuevo escenario, habrá una muy sutil, un cambio conceptual sin aparente importancia: el “turismo social” desaparece en beneficio del turismo “de masas”. Se pasa de un turismo al alcance de las masas a un turismo masivo.

De algún modo lo que se hizo fue renombrar la tipología hegemónica y poner en el eje del asunto la cantidad y no la cualidad. El turismo “social”, ahora “de masas”, pasó a ser el segmento clave de una industria que se vendió como la gran artífice del equilibrio en la balanza de pagos y de la modernización -aunque fuera en términos capitalistas y franquistas- del país. Pero las condiciones económicas y políticas que organizaron el turismo de masas en España empezaron a mostrar los primeros signos de cambio en los 80. Recuperada la inversión y obtenidas suculentas plusvalías, muchos hoteles dejaron de estar en manos de las turoperadoras. La expiración de los contratos firmados años atrás junto a la entrada de España en la Comunidad Económica Europea, fueron dos de los elementos que dieron
paso a una reconfiguración del turismo en base a nuevas y más amplias posibilidades económicas y políticas. Para ello, se hizo necesario hacer borrón y cuenta nueva con el pasado (por ejemplo con la legalización del saqueo territorial, Planes Parciales mediante) y reconducir las estrategias de futuro aprovechando ya la nueva situación estructural (lo que finalmente será denominado como economía posfordista).

Para que una parte importante de todo este asunto se pudiese concretar, se generó un relato acorde a la política de bondades del desarrollo turístico, superando o como mínimo desplazando, el predominio conceptual del turismo “de masas” en beneficio del “turismo de calidad”. Este hecho coincidió en el tiempo con la creación de las primeras asociaciones de vecinos y las primeras organizaciones en defensa del territorio, las cuales vieron con buenos ojos la posibilidad de reconducir la política turística hacia criterios de desmasificación y sostenibilidad. En buena medida, el concepto “turismo de calidad” permitió alinear en una misma dirección el conflicto entre lobbies y vecinos. En el marco de ese debate cualitativo, los primeros definieron el problema delegando sobre los turistas -del “turismo de masas”- la responsabilidad por el desastre urbano y ecológico llevado a cabo; la degradación pasó a ser obra de esos millones de veraneantes irresponsables. La jugada salió bastante bien y en poco tiempo los medios de comunicación y las declaraciones de los responsables políticos se encargaron de tipificar a los turistas procedentes de las zonas industriales de Europa como un conglomerado uniforme y abstracto de gregarios estúpidos, alcohólicos, insensatos, incultos e incapaces de integrarse en el orden ético y estético del lugar. Y claro, lo más importante, también pasaron a ser turistas sin blanca o no lo suficientemente consumidores, que vendría a ser lo mismo. Lo que este proceso de estigmatización del turista produjo fue que lo cuantitativo de la masificación se redujera en beneficio de lo cualitativo, es decir, que el núcleo del asunto se desplazara de la industria al turista, del productor al consumidor. De esta forma se intentó cerrar también la posibilidad de un debate en torno al crecimiento o decrecimiento del turismo, abriéndose otro entorno a la gestión y ordenación de los turistas. Poco a poco se fue afianzando una sencilla idea: “lo que daña del turismo no es otra cosa que el comportamiento incívico y el poco gasto de los turistas”. Estos discursos estigmatizantes empezaron a tener tanto peso en su día que aún hoy siguen marcando el hilo argumental de un sinfín de debates y políticas de diverso calibre. Además, como este proceso no siempre es fácil ni definitivo, de vez en cuando es necesario intensificar la idea central: el “turismo de borrachera” de Montserrat Tura o el “turismo incívico” de tantos, es un buen ejemplo de cómo y hacia dónde se mueven las aguas hasta hoy día. Pero que el concepto “turismo de calidad” empiece a tomar impulso no significa que sustituya al de “turismo e masas”; al contrario, incluso se incrementa sensiblemente su uso ya que se necesitan para significar. Lo importante aquí de ese concepto es que sirva como antítesis de lo que se ha acordado como uno de los problemas fundamentales del turismo. El turismo “de calidad” no remite a hordas de turistas, sino a apacibles y correctas familias con recursos económicos que veranean -descansan- y saben apreciar -respetan- las singularidades culturales y patrimoniales del lugar. Esta idealización totalmente intencionada, contrasta evidentemente con nuestro querido turista low cost (este es otro de sus nombres). Como ya sucedió décadas atrás en la costa, la defensa a ultranza del turismo “de calidad” como respuesta a esa viscosidad horrenda que es la masa descamisada, se realiza otorgando al primero la virtud de no generar externalidades, es decir, ni subida de precios, ni molestias, ni masificación, ni sustitución del comercio, ni destrucción del territorio, ni reconfiguración patrimonial. Nada de eso, el turista de calidad es siempre reacio a ir a lugares masificados, está ávido de productos culturales y es sensible a los valores del lugar, cuida el entorno, es portador de buenas maneras con el residente y por supuesto, trae dinero y se lo va a gastar. Por eso el buen turismo puede colaborar en la mejora de la ciudad, fomentar la buena civilidad entre hosts y guests, representar una oportunidad para reforzar con orgullo las formas culturales locales y por supuesto, posibilitar oportunidades económicas en una industria “al alcance de todos”. Una vez más, que el turismo sea una oportunidad depende de que vengan buenos -y muchos buenosturistas. Y de ahí, nos vamos de cabeza a las políticas de planificación urbana y urbanística. Porque para que este ser prodigioso pueda desplegar sus virtudes morales es necesario disponer de una ciudad que le sea digna, que no se presente como una gran tienda de souvenirs ni acoja los sobresaltos de un conflicto social. El turismo de masas es low-cost y el turismo familiar -cultural, deportivo, de cruceros, de congresos, de lujo…- es de calidad. Y en este orden de cosas, la ciudad será maldecida o bendecida con uno u otro turismo es base a los esfuerzos que ésta haga para atraer y complacer a unos u otros. El turista y el turismo “de calidad” es una de las mejores producciones ideológicas de la industria turística; es la pieza que permite que todo cambie para que todo siga igual.

Pero a pesar de toda la pirotecnia discursiva y conceptual, la vida cotidiana en la ciudad permite desvelar muchas de esas afirmaciones. En realidad, el turista “de calidad” se asemeja más de lo que parece al “de masas”, tanto en lo cuantitativo como en lo cualitativo, porque uno y otro son en definitiva el mismo. La diferenciación la hacemos nosotros, no sus prácticas, consumos o formas de estar en la ciudad. Que nadie se engañe: visitan lo mismo, se divierten en los mismos lugares, toman el sol de la misma forma y se alojan en hoteles, hostales, albergues o viviendas. Que unas sean más lujosas que otras lo único que indica son momentos diferentes de un mismo proceso. El problema es la turistificación masiva de la ciudad, que las lógicas del turismo se impongan y que el control de las mismas esté en manos de un grupo de empresarios o administradores con intereses particulares y privados.

Dicho de otro modo: los turistas no masifican, ellos son los masificados. Los vuelos chárter y los de “bajo coste”, los cruceros y las estancias express, las ofertas homogeneizantes (de museos a franquicias de todo tipo), la construcción de paisajes urbanos indistinguibles, la proliferación de la vivienda turística en detrimento de la vivienda estable… todo ello colabora en crear esa “masa”, en darle una entidad social. Y es que, una vez más, la “masa” no es algo que esté antes del turismo, sino que son los dispositivos de éste los que le dan materia, forma y significado. Algunos turistas intentan incluso salirse de esas masa autodenominándose viajeros o visitantes habituales, otros alegan pasar su estancia con amigos o incluso tener casa propia en el lugar… pero no nos engañemos, todos están inmersos en procesos de explotación turística, dejen una huella más grande o más pequeña.

Hace más de un siglo que Gabriel Tarde situó como origen mismo de la sociabilidad las “dinámicas de imitación”, un correlato social donde lo heterogéneo deviene homogéneo, lo múltiple se ordena y lo diverso -sin desaparecer- se asimila. Poco margen tiene al turista para no parecerse a otro turista. Y de conseguirlo, no le queda otra que un fatal destino, dejar de ser un turista.

Cuando los defensores del turismo “de calidad” se sienten llamados a explicar qué es eso de la calidad, suelen empezar con la cuestión del comportamiento cívico y terminar con el argumento del gasto. Pero una vez más, “lo que se supone que es” ese gasto no sirve para aclarar “lo que es”. Y es que hoy, lo que marca el beneficio económico real que el turismo “deja” en la ciudad no es el poder adquisitivo de un turista sobre otro, sino el cómo de concentrada esté la propiedad de los servicios turísticos que reciben el gasto. Si el grueso del gasto del turista es absorbido por unos pocos -tal y como sucede ahora-, esos pocos repartirán solo una parte del beneficio a través de los salarios, una solución a día de hoy altamente precaria y excluyente. En la práctica, cada vez menos se benefician de más debido al aumento de franquicias y al control de precios que establecen, a la concentración de la propiedad inmobiliaria que nutre el sistema especulativo de empresas como Airbnb o HomeAway, o a la continua precarización del trabajo en el sector servicios. Por otro lado, el dominio cada vez mayor y legal de las lógicas espaciales y temporales del turismo, consolidan fenómenos expulsivos, como es el paso de un residencia estable y con un alto valor de uso (en tanto que bien básico para la reproducción social), a una efímera y con un alto valor de cambio (en tanto que producto privativo y de lujo). De nuevo la “lógica Airbnb” es el ejemplo paradigmático de esto, desborda la (des) regulación y el sentido de las VUT (viviendas de uso turístico) y lleva a un tipo de extracción privada de renta que beneficia la explotación de aquellos activos inmobiliarios en manos de capital especulativo. La “economía colaborativa” poco tiene que ver con alquilar tu pisito unos días a una pareja de holandeses y mucho con el monopolio inmobiliario y la economía sumergida.

El turismo es una maquinaria perfecta de colonización espacial y temporal, y la construcción y el funcionamiento de los espacio turísticos son un claro ejemplo de ello. En lo espacial el turismo impone su urbanismo, y en lo temporal sus ritmos. Despliega su escenografía inmobiliaria y técnica allí donde no la hay, o transforma en base a lo existente: las viviendas de uso residencial pasan a tener un uso de breve estadía; el comercio deja de atender las necesidades de la cercanía para atender las de la lejanía; los tiempos, las tecnologías y los itinerarios del paseo, se abren paso entre los ritmos a veces taquicárdicos de la ciudad.

Visto así parecería que el turismo es el culpable de todos los males y que su influencia es una sentencia de muerte. Bueno, hay mucho que hablar respecto a eso. No es fácil delimitar qué es y hasta dónde es turismo, pero tampoco es difícil caer en esencializaciones y consideraciones clasistas o identitarias. Hay que andarse con cuidado, el turismo no lo justifica todo. Pero lo dicho, da para otro artículo.

Parece claro que revertir las dinámicas de exclusión y expulsión estableciendo un cupo limitado de turistas en la ciudad parece algo bastante difícil y discriminatorio en tanto que supondría poner fronteras de entrada y hacer una definición de quién es turista y quién no, lo cual es imposible de realizar. Esto es algo que parece haber asumido perfectamente un buen número de organizaciones vecinales y barriales. A diferencia de lo que sucedió hace unas décadas, han desplazado el debate del buen y el mal turista y han situado el foco de atención en el corazón de la industria, es decir, en sus dispositivos de masificación. Y como no podría ser de otro modo, estas llamadas al decrecimiento han sido totalmente rechazadas por el sector.

Para estas organizaciones, plataformas y asambleas, decrecer no es entonces centrarse en el turista, sino en aquellos dispositivos residenciales, comerciales o recreativos que organizan, promueven y masifican el turismo; reducir su impacto en esta especie de contexto neodesarrollista. Decrecer significa situar el eje del problema en la presencia de franquicias transnacionales o de empresas como Airbnb (al respecto, véase la acción de denuncia de la Assamblea de Barris per un Turisme Sostenible, ABTS), delimitar los horarios comerciales, establecer derechos laborales que ayuden a revertir la actual relación de fuerzas en la hostelería, y por qué no, recuperar algunas de las tradicionales reivindicaciones de los pueblos de costa, es decir, el derribo de hoteles y la reducción de plazas hoteleras. Sí, se trata de ganarle terreno al capitalismo especulativo, asumir el conflicto que conlleva el derecho a la ciudad.

Sergi Yanes, publicado en Marea Urbana, núm 1 (2017)

Fotos: Ancor Mesa

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