Operación turismofobia

Desde hace unos meses la palabra turismofobia viene ocupando un lugar central en la escena política y mediática del turismo. El origen de este neologismo puede ser ubicado en 2007, cuando José Antonio Donaire, profesor de geografía de la Universidad de Girona y reconocido experto en turismo, alertó de la “ofensiva turismofóbica” que se estaba gestando en ciertos ámbitos sociales, mediáticos y académicos. Sin embargo, como el mismo Donaire aclaró en su momento, esta turismofobia no era otra cosa que la expresión que tomaba lo que el economista George Victor Doxey llamó a mediados de los años 70 “fase de antagonismo” de todo proceso turístico, una idea prestada de la teoría del Ciclo de Vida de los Destinos Turísticos del geógrafo británico Richard Butler, y readaptación de los fundamentos que economistas como Joel Dean o Raimon Vernon utilizaron para describir el movimiento vital de cualquier producto en el mercado. La teoría de Butler, fuertemente anclada en el pensamiento liberal de Walt Whitman Rostow, partía de una premisa fundamental: los destinos evolucionan y lo hacen siempre siguiendo el patrón “exploración-involucración- desarrollo-consolidación- estancamiento”.

Pero la recuperación actual del concepto turismofobia poco tiene que ver con su sentido doxeyniano, y en parte es así porque eso implicaría un debate serio y preciso sobre las implicaciones e impactos de la turistificación, algo a lo que el sector (sector de sectores, heterogéneo y desigual, con liderazgos e intereses contrarios, pero al fin y al cabo sector) no parece estar dispuesto. Y es que valdría la pena empezar a reconocer que en el mando del turismo -si hacemos caso a cómo ha ido la historia del desarrollo turístico español en los últimos cincuenta años- quien ha marcado el camino y la estrategia a seguir ha sido siempre el capital financiero y especulativo, y ha sido así tanto en el franquismo como en democracia. Hoy, este capital financiero actúa en esencia igual que entonces, es decir, desbordando todo tipo de marcos legales, expoliando territorios, acaparando recursos fundamentales, así como precarizando trabajadores a corto y largo plazo. Se podrán llenar páginas sobre el destacado papel que ha jugado del pequeño empresario, sobre los esfuerzos que ha hecho para dar un servicio de calidad a los clientes o para garantizar los derechos de sus trabajadores, pero lo cierto es que el pequeño empresario nunca ha tenido ninguna incidencia ni capacidad de decisión en la política turística del país.

En este escenario, salidas ya conocidas como la “apuesta por el turismo de calidad” no sólo enmudecen el debate, sino que insisten en un abanico de soluciones que no evitan ni mucho menos la generación de externalidades, impactos y transformaciones urbanas catalizadoras de desigualdad social. La actual situación habitacional y laboral, también legal y financiera, muestra hasta qué punto la gestión del turismo en nuestro país se ha mostrado insuficiente, inoperante e incluso contraproducente para la vida que miles y miles de habitates. Ya no tiene mucho sentido medir y evaluar la huella turística a partir de la planta hotelera existente o del número de entradas vendidas por el museo del Barça. Nuevas dinámicas económicas, residenciales, legales, culturales y ecológicas están redefiniendo los límites de una ciudad-región turística con cada vez menos margen para practicarla, donde la expulsión de residentes es exponencial y el derecho a la movilidad ha sometido el derecho al lugar, a permanecer en él, a hacerlo y transformarlo, siempre siendo parte, nunca estando aparte.

El turismo ha perdido definitivamente el salvoconducto que le permitía aparentar ser una industria sin chimeneas, y ahora más que nunca, resulta evidente que siempre las ha tenido. Tampoco es la gallina de los huevos de oro ni una fuente de riqueza colectiva. La caída de estos mitos fundacionales ha provocado una rápida reacción, siendo la turismofobia uno de los artefactos conceptuales que se han destinado a definir, medir y contrarrestar el estado de crítica social hacia la ciudad turístificada y sus propietarios. La turismofobia tiene así una intención incriminatoria: en manos de determinados actores políticos-empresariales- mediáticos, trata de definir un tipo de reacción irracional, obsesiva y reprobable socialmente. Un relato patologizador que procura ayudar a mantener intactas las posiciones de un sector en estado de delirio.

Si bien es evidente que en el espectáculo mediático de la turismofobia hay intereses paralelos (véase por ejemplo la cobertura hecha en las protestas de Arran), resulta fácil asumir que es una nueva cortina de humo, un nuevo intento por deslegitimar la crítica y criminalizar la movilización social frente al modelo urbano y económico que se impone. Con el uso insistente e interesado de este concepto, se intenta definir los bandos y los límites mentales y políticos del conflicto, llevar las aguas al terreno de los intereses privados, y reducir lo que es un problema social en una estúpida pero peligrosa pataleta de unos pocos molestos con los turistas que “nos visitan”. Para que avance el barricidio, la fobia debe imponerse.

Queda por ver qué caminos alternativos se construyen ante esta ofensiva por el control de las ciudades, qué capacidad de gobernanza tiene el poder público para detener esta sangría de consecuencias irreversibles, o qué rol puede terminar ejerciendo la población organizada en la defensa de sus derechos fundamentales. Por lo demás, el problema de la turismofobia tiene una rápida solución, y no es otra que dejar de hablar de ella y abrir un debate serio y real, con consecuencias concretas sobre la vida de las personas y sus ciudades.

Sergi Yanes, publicado en El País (15/08/2017)

Foto: (por el momento desconocido/a)

 

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