“El capitalismo intenta rehacer desesperadamente todo aquello relativo al turismo a su propia imagen y semejanza. Pero aún no lo ha conseguido hacer totalmente”. Entrevista a Dean MacCannell

Dean MacCannell (Washington, 1940), antropólogo y doctor en sociología, es profesor emérito en estudios de paisajismo y arquitectura ambiental en la Universidad de California en Davis, Estados Unidos. Autor de El Turista. Una teoría de la clase ociosa (Melusina, 2003), publicada originalmente en inglés en 1976 y considerada como una de las obras seminales de la Antropología del Turismo. Otras de sus obras más reconocidas son Lugares de encuentro vacíos (Melusina, 2007) y The Ethics of Sightseeing (UC Press, 2011).

Entrevista realizada mediante correo electrónico en septiembre de 2017.

Traducción: Marc Morell y Sergi Yanes

Imagen: Kultura Garaikidearen Nazioarteko Zentroa

En el contexto del actual mercado global de postcrisis que afecta profundamente la escala urbana, ¿es posible redistribuir en términos equitativos la riqueza generada por la actividad turística? En este sentido, ¿qué opinas de los usos a los que está sujeta la denominada “economía colaborativa” (Airbnb, Uber, etc.)?

DM – Los programas de redistribución equitativa de la riqueza -como los iniciados por sindicatos de trabajadores de la empresa privada o por cooperativas de trabajadores- son algo cada vez más raro en el seno del capitalismo tardío. De hecho, respecto al actual conjunto de los mercados globales, el turismo es uno de los “sectores” de peso menos centralizados. A diferencia de la producción automovilística o farmacéutica, la del turismo no se encuentra concentrada en unas decenas de actores globales. La propietaria de una pequeña empresa local puede, con poco apoyo y con sólo el trabajo de miembros del núcleo familiar -o como mucho con varias trabajadoras-, manejar con cierto éxito un boutique hotel, una cafetería o un restaurante y sacar suficiente como para que todas puedan llevar una vida decente.

Un escenario optimista para la economía turística es aquel en el que los pequeños negocios de propiedad y funcionamiento local se consideran componentes clave de su paisaje, lo que distingue y hace atractiva a una comunidad o una región. Los grandes hoteles y las cadenas de transporte que captan el gasto turístico desviándolo de la economía local para destinarlo a las cajas de remotas corporaciones, pueden intentar de ofrecer un simulacro de “ambiente local” y otras tretas, pero su encaje con la motivación y el deseo turísticos ha sido siempre difícil. La única estrategia de supervivencia de los turismos corporativos ha sido la de destruir toda distinción local auténtica para luego sustituirla con simulacros.

Hasta ahora, la emergente “economía colaborativa” se ha vinculado a la apropiación corporativa del turismo, pe., un paso atrás, y no adelante, en la redistribución de la riqueza. Uber, Airbnb, Huffington Post, y otros han demostrado ser las marcas “de proximidad”, “amables”, para algunos de los programas más explotadores que el capitalismo haya elaborado jamás. Aquí, la pionera fue Arianna Huffington quien construyó su imperio mediático utilizando lo que técnicamente no era otra cosa que trabajo esclavo voluntario, ofreciendo a escritores desempleados una “oportunidad colaborativa” para “compartir” su trabajo, sin remunerarlos, antes de vender la página web a cambio de más de 300 millones de dólares que se quedó ella sola. En los centros de estudio superiores de Estados Unidos, Uber se ha convertido en un estudio de caso de lo que se conoce como “cultura corporativa tóxica”. Obtiene sus beneficios de la miseria de conductores subocupados, a la vez que sobreformados, que aportan toda la inversión para las flotas de vehículos, todo el trabajo, y que cargan con el 99% de las obligaciones legales. Airbnb ha encarecido el coste del alquiler residencial hasta el punto de que la clase media, artistas, y ciertamente la clase obrera, ya no pueden vivir más en ciudades que hacen de destino turístico, como es el caso de San Francisco.

En los últimos años el sector hotelero ha crecido en todo el mundo, a menudo pasando de sus zonas tradicionales (destinos turísticos costeros, centros de las ciudades, etc.) a otras áreas urbanas. Simultáneamente, el alquiler vacacional de viviendas ha ido ganando terreno a sus usos residenciales. En este contexto, en el que el turismo ha ido sustituyendo otras formas de habitar la ciudad presuntamente más estables, ¿quiénes son las anfitrionas y quién las invitadas? ¿qué significa la autenticidad?

Mis colegas demógrafas me dicen que ninguna ciudad europea o norteamericana ha podido nunca mantener el tamaño de su población con un índice de nacimientos equivalente a su índice de defunciones. Nuestras ciudades mantienen o aumentan su tamaño poblacional gracias a la inmigración constante y a la gente que se establece procedente de estos flujos migratorios (y ocasionalmente turísticos).

En las ciudades siempre ha habido hoteles y albergues para aquellas visitantes en viajes de negocios y para las inmigrantes potenciales. Y mientras que originalmente estos hoteles no se hicieron necesariamente para turistas, las turistas de antes y de después de Marco Polo pernoctaron en ellos. Desde que se inventaron las ciudades las diferencias urbanas siempre han sido una fuente inacabable de fascinación y curiosidad para las visitantes provenientes de tierras lejanas.

Pero está que os preocupéis por algunas nuevas formaciones que son el resultado de estrategias recientes para transformar las ciudades (o partes de ellas) en destinos turísticos construidos -la ciudad como parque temático. Las teóricas del ocio comercializado abogan abiertamente por el rediseño urbano que transforma la ciudad de un lugar que ha crecido orgánicamente en torno a las necesidades de la gente que se ha ido instalado, a un lugar que se tiene que construir artificialmente alrededor de unos supuestos deseos de los turistas. Sugieren que una turista procedente de las urbanizaciones residenciales de la periferia quiere consumir vida urbana, entendida ésta como un espectáculo exótico. Creen que las ciudades se tienen que volver a enmarcar como espectáculo para mejorar su competitividad como destinos turísticos.

En The Tourist City, una obra capital, Dennis Judd y Susan Fainstein detallan la estrategia que se sigue en la construcción de la ciudad turística. Cuentan que, con el fin de optimizar la experiencia turística, las “burbujas turísticas” urbanas se desarrollan y se zonifican. Según esta estrategia, la “burbuja” sube de categoría: hoteles ubicados en espacios de consumo segregados, centros comerciales donde se encuentran marcas de reconocido prestigio internacional, un acontecimiento deportivo importante, una atracción que haga de reclamo como un acuario de primer orden, y posibilidades de hacerse una foto en un centro histórico restaurado o en un barrio construido para simular un centro “histórico”. Los restaurantes deben ofrecer una cocina “exótica” pero no tan auténtica como para ofender un paladar profano. Estas autoras afirman que todas aquellas residentes que puedan aportar una nota discordante, especialmente la evidencia de pobreza y/o de trabajo manual, deben estar fuera de la burbuja turística “excepto cuando forman parte del entretenimientos o de la representaciones históricas” .

En la medida que este tipo de desarrollo adquiera relevancia, tendremos ciudades inauténticas, tanto desde la perspectiva anfitriona como desde la perspectiva invitada. Los visitantes responsables nunca han querido “reemplazar formas presumiblemente más estables de habitar la ciudad”. Precisamente, son estas formas diferentes de habitar la ciudad que el turista responsable viene a ver, aprender, y a llevarse como ejemplo esclarecedor, tanto da si positivo o negativo. Las organizaciones locales que pretendan bloquear este tipo de desarrollo, encontrarán un ejército de firmes aliados entre los mismos turistas. Yo no viajo a París para ver una réplica de París. Eso lo hago en Las Vegas.

Desde la década de los setenta, la antropología del turismo ha presentado innumerables casos de turistificación, normalmente comenzando por una situación “sin turistas” a otra “colmada de turistas”. ¿Puede la disciplina pensar entorno al proceso contrario, es decir, a la posibilidad de una desturistificació? ¿Y tomar acciones en ese sentido?

Tienes razón con eso de que casi todos los primeros estudios de caso antropológicos tenían que ver con lo que pasa en la cultura local cuando un lugar empieza a atraer turistas. El papel de las antropólogas no ha sido el de desarrollar modelos acerca de cómo atraer turistas exitosamente. Ahora bien, recientemente algunas antropólogas más jóvenes han empezado a llevar a cabo estudios de turismo de “nicho” que me parecen que vienen determinados por propuestas procedentes del interés comercial sobre el desarrollo turístico.

Los y las antropólogas podrían tener un papel en la creación de modelos dirigidos a repeler de manera efectiva a las turistas. Esto no me parece una tarea particularmente difícil, y en coordinación con los representantes locales y activistas de diferentes movimiento ssociales no veo porqué no podría salir adelante rápidamente.

El primer paso necesario es reconocer cómo dos tipos de conciencia diametralmente opuestas como son el deseo y la motivación, reciben el nombre de “turismo”. Cada tipo de conciencia turística mantiene una relación completamente diferente con la cultura (tanto la cultura anfitriona como la propia) y cada una cuenta con apoyos infraestructurales completamente diferentes. Una vez se identifica el tipo dominante de turismo con un destino en concreto y se realiza un análisis de sus infraestructuras, se deberían evidenciar algunas estrategias para reducirlo o clausurarlo.

Tipo I: Una forma original y sencilla de motivación que poseen los turistas es la curiosidad hacia sí mismos y hacia la humanidad, el interés por explorar algo, del pasado o del presente, que promete una nueva apertura o idea de la propia cultura. Es la misma originalidad de las atracciones turísticas que nos permite traspasar nuestras propias fronteras culturales y revisar nuestro sentido del espacio, del tiempo y de la identidad. Mirad: no todo debe ser como siempre hemos pensado que debía ser; las cosas son diferentes ahora, si bien, y esto es curioso, aún son manifiestamente habitables. Diferentes culturas, como aquellas que representan las atracciones turísticas, pueden ayudarnos a repensar de maneras diferentes nuestras vidas. No sólo desde la fantasía, sino también desde la realidad vivida. Estoy describiendo a los/as turistas responsables como aquellos que han viajado por Barcelona, París, Venecia, etc., durante los últimos siglos y que continúan viajando a día de hoy, sólo disuadidos por el creciente número de un segundo tipo de promociones turísticas y capitalistas sucedáneas de las atracciones turísticas.

Tipo II: Un segundo tipo ideal de turistas parece venir motivado por una fantasía basada en la fuga de los confinamientos de su cultura y de cualquier otra cultura. Encuentran que su vida en común con otros es demasiado limitada, incluso asfixiante, y apoyan su deseo de viajar con una fantasía de huida existencial total. Piensan que una vez abandonan su casa se encuentran liberadas de las obligaciones normativas hacia ellas y hacia los demás. Desde su punto de vista, viajan a no-lugares, “utopías” que parecen estar más allá de cualquier orden social establecido y más allá de sus espacios cerrados con llave. Una playa con porquería esparcida por todos lados es tan buena como cualquier otra si lo que se busca es sexo furtivo con una persona extraña. Sus destinos turísticos podrían estar en cualquier lugar, sus cruceros podrían ir a ninguna parte. Siempre que el “paquete” prometa un alivio de las responsabilidades y los deberes cotidianos hacia uno mismo y para con su sociedad.

El primer paso que cualquier comunidad o región debería tomar a la hora de reducir el turismo sería decidir qué tipo de turismo quieren desalentar, porque que las medidas que se necesitan para reducir los números son muy diferentes dependiendo del tipo de turismo.

Los intereses públicos y privados del sector recurren a la primera clase de motivación turística manteniendo monumentos, parques, museos, lugares históricos, y paisajes pintorescos. La infra-estructura que se necesita es la que permita claridad en la señalítica del transporte público, guías expertos e información detallada, hoteles, restaurantes y cafés accesibles para las visitantes de cualquier estrato social.

La industria turística recurre a la segunda clase de motivación turística ofreciendo destinos de “todo incluido” y “cruceros a ninguna parte”, y para aquellas personas que no se pueden permitir un crucero “a ninguna parte”, hay charters llenos de gente que vuelan hacia la Costa del Sol. Para ello es necesaria una infraestructura de vuelos charters baratos, hoteles que acepten hacinamiento en las habitaciones, estándares laxos en cuanto al consumo público de alcohol y de drogas para uso recreativo, etc.

Los impactos negativos de ambos tipos de turismo se pueden mitigar alentando la desestacionalización y solicitando la realización de cursos en línea para conocer las normas y los estándares de comportamiento de la pobñlación losca antes de efectuar las reservas, o como condición para facturar la entrada en el hotel.

La segunda clase de turistas se puede desalentar si los vendedores locales acuerdan aumentar de golpe los precios de todo en todos los ámbitos: alimentación, bebida, alojamiento. Podrían empezar desde abajo, por ejemplo desde el 5%, y luego aumentar lentamente hasta que encuentren un “momento óptimo” donde alcancen los mismos beneficios a partir de un 30% de turistas menos.

Y/o, se podrían hacer cumplir rigurosamente y de manera claramente visible normativas locales contra el nudismo, el consumo de alchol en la calle, los fuegos en las playas, los ruidos, y siempre bajo la amenaza de imposición de multas, arrestos y encarcelamientos.

Si los turistas llegan en coche, los municipios pueden reducir la cantidad y la conveniencia de aparcamientos en la vía pública por parte de aquellos que no tengan el permiso correspondiente de residencia.

Y etc. Todo esto no es realmente difícil de hacer.

¿Cómo encaja el “turismo sostenible” con el panorama del decrecimiento? ¿Podemos llegar a pensar las ciudades turísticas sin la agresiva expulsión de su población? ¿Qué cambios se necesitan para esto? Crees que acabaremos iendo hacie ese escenario de reflexión?

Espero que el escenario de los desalojos no se convierta en la única solución. La mayoría de lugares del planeta no atraen grandes cantidades de turistas. Un ideal sería que los lugares que atraen turistas de manera desproporcionada ingenien una marcha atrás a fin de que el sector turístico se reduzca numéricamente, al menos en términos económicos. Sospecho que se perdería poco en términos económicos si las ciudades llegaran a dar la espalda de manera definitiva el desarrollo basado en la burbuja turística e invirtieran únicamente en servicios en beneficio de sus propios residentes -mejor transporte local, calles más limpias, unos parques y museos de mayor calidad, etc. Siempre he mantenido que la huella de un sector turístico sano es uno en el que se pueden encontrar tanto a turistas como a residentes comiendo en los mismos cafés y restaurantes, utilizando el mismo transporte público (como el metro de Atenas, o los tranvías de San Francisco), yendo a los mismos museos, festivales y otras atracciones turísticas. Las turistas responsables, de cualquier clase social, evitan enfáticamente los artificios turísticos. Va a ver la vida local como se vive realmente y las atracciones tal y como las viven los locales. Una contracción del sector turístico en torno a este tipo de servicios y atracciones híbridas sería beneficiosa tanto para turistas como para residentes, y ciertamente más sostenible que lo que vemos en muchos lugares a día de hoy.

Desde el punto de vista local nada o poco se perdería y mucho se ganaría si se desalentara a los turistas que vienen sólo a emborracharse y a apestar el lugar. Hay algunos destinos turísticos que parecen tolerar el turismo grosero, como las comunidades de Florida Beach durante el receso escolar de primavera. Mientras haya suficiente apoyo local, este tipo de comunidades seguirà absorviendo gandules.

Como regla general, cualquier tipo de turismo que no se base rigurosamente en la visita de un “lugar emblemático”, cualquier cosa que pueda ocurrir en otros lugares igual de fácil -o más fácilmente aún- se debe desalentar. Así, se tendería a distribuir el turismo y sus impactos positivos y negativos de manera más equitativa. Estoy completamente de acuerdo con la necesidad de entrar en un período de reflexión, especialmente en aquellos lugares donde los niveles de impacto negativo son más altos.

A la luz del actual turismo internacional y de sus implicaciones, qué aspectos positivos del turismo piensas que aún pueden rescatarse?

El capitalismo intenta rehacer desesperadamente todo aquello relativo al turismo a su propia imagen y semejanza. Pero aún no lo ha conseguido hacer totalmente. El turismo responsable es uno de nuestros últimos refugios, donde huir de la exigencia del capitalismo a claudicar ante las fantasías irrealizables del disfrute sin límites. El sistema global de atracciones sigue reflejando lo que permanece de un orden simbólico que no acaba de estar completamente bajo el dominio del capitalismo, una miríada de variaciones sobre el tema de las relaciones humanas. Si somos capaces de sobrevivir este momento histórico con nuestra humanidad intacta, en buena medida será gracias al turismo responsable. Esto es lo que los impulsores del nanoturismo y del turismo de contenidos intentan volver a introducir en la experiencia turística -la persona en vez del cosumidor.

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